sábado, 30 de enero de 2016

Poemas para Pound delirante

Elaborado por Emilia Fallas

     Felizmente la Editorial de la UNED recién ha publicado el poemario El señor Pound, que fue merecedor del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013,  del poeta Juan Carlos Olivas.
 
     Este poemario es un hermoso e intenso homenaje a Ezra Pound,  quizás un maestro, de quién Olivas aprendiera muy bien la palabra con el mensaje directo, exacto, fuerte y conciso, pero sin perder el cuidado y belleza de la construcción poética. La poesía en olivas es un acto de culto a la palabra, finamente trabajada sin caer en melodramas sino en la esencia -incluso dura del discurso– vestida con la belleza poética. ¿Qué mejor forma de hacer un homenaje a Pound que mediante poesía hecha con esmero?
 
     Sin embargo, este poemario es un homenaje muy particular a Pound: no es un homenaje al poeta (escritor) sino a la desgarrada, pero, a la vez, bendita y maravillosa locura de Pound. Olivas, con imágenes poéticas exquisitas por el trabajo que denota, lleva a adentrarnos en el Pound delirante, el demente… El ser humano vulnerable.
 
     El libro presenta una voz que habla al poeta; “de poeta a poeta” con poemas llenos de sensibilidad por el ser humano consumido en su trastorno y en sus estados humanos más intensos: al Pound con su furia interna que da ”bofetadas a la tierra” hasta “deshilachar el césped igual que lo haría un búfalo”; el Pound que “solloza algo intangible”, quizás como es pensar y sentir desde el instinto y las profundidades humanas; el Pound capaz de convertir la palabra más dura en el más bello poema que nos llega a todos: la “piedra” que se convierte en “colibrí” y desciende en los otros. Muestra al Pound que distrae su delirio y su vacío con la mirada perdida en el techo de un frío cuarto de hospicio, con sus manos amarradas como su esencia: “Son veintitrés rayas paralelas / las que tiene el cielorraso de su cuarto/ Cielo –piensa–, es el cielo…”. Vemos al otro Pound: ya no el victorioso y aclamado, sino el hambriento y vacío, quien se asemeja a “los frescos de Miguel Ángel [que] cuentan otra historia / las fisuras cobran vida en los ojos de los locos / pues para ellos ha sido reservado el paraíso.
 
     Las palabras que un día fueron gloriosas y exquisitas terminan despedazadas en el mundo alucinante del Pound caído y “se van por el drenaje como un caballo alado. / Las formas  puras de las letras se difuminan / con el agua en círculos; / es un lúgubre ritual que ejecuta al menos cada mes /en un templo que mide dos por dos metros”.
Como ha sido característico en la escritura de Olivas, el poemario es un todo: una unidad cohesionada por un hilo temático coherente e hilvanado siempre. Es claro el objeto poético: es uno solo construido con diversidad de formas para comunicarlo: el delirio de Pound es el hilo presente en cada poema y que se enlazan lograr la totalidad unificada del poemario. Ninguno de los poemas se sale de este hilo conductor y, entonces, el libro en sí revela consistencia en su construcción clara y puntual.
 
            Este poemario se constituye en otro acierto más del poeta que tantas satisfacciones nos ha dado a los amantes de la poesía; esta vez, con un galardón tan merecido que pone en alto, fuera de las fronteras, el quehacer literario costarricense.

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