domingo, 31 de enero de 2016

Lectores a fuego lento







Por Emilia Fallas

--- Este artículo fue publicado el Áncora del periódico La Nación, el domingo 31 de enero 2016. Enlace: 
http://www.nacion.com/ocio/artes/Novela-premiada-Ali-Viquez-Lectores_0_1539846062.html


Cuando un autor escribe sobre temas controversiales sucede, con frecuencia, que la crítica y los comentarios sobre de ese libro restan importancia a los aspectos literarios, porque sobreponen acotaciones que gustan al morbo colectivo –por lo polémico de los temas– y dejan de lado la relevancia de la obra en sí, cuando la tiene.

Recién finalicé de leer el libro El fuego cuanto te quema, del escritor costarricense Alí Víquez (EUNED, 2015), ahora ganador de Premio Nacional Aquileo Echeverría en la rama de novela. Si bien es cierto este libro plantea temas desde perspectivas (voces) muy polémicas y agudas, sin duda, muy sensibles para la mayoría de personas, yo quisiera resaltar antes que su contenido –y lejos de cualquier morbo simplista– la habilidad narrativa y creación del mundo ficticio como está cimentada la novela. La pericia de unir la construcción lenguaje literario/ficción con la profundidad filosófica que plantea el contenido es digna de un autor favorecido por su genio e ingenio creativo –por cierto, escaso en los esquemas comerciales en los que suele moverse actualmente la industria del libro–. Es evidente un bagaje intelectual y capacidad reflexiva erudita que reflejan las voces narrativas: los diálogos internos de los personajes y las diferentes narraciones. Eso aunado a la fluidez narrativa, recursos literarios como el juego intertextual, algunas entradas de «explicación del texto en el texto» que se hacen tan bien hiladas con la historia, que nunca se ven forzadas o separadas en la novela: juntos los recursos con la construcción ficcional forman una totalidad y ambientación que hace verosímil plenamente el texto literario sin obligar la narración.

El fuego cuando te quema desde el inicio hasta el final despliega una sólida consistencia narrativa que nunca se cae con rellenos o con narraciones fuera de lugar. No presenta excesos más que el “bombardeo” de reflexiones, cuestionamientos y enfrentamientos filosóficos (también morales y religiosos) a los que está sometido el lector desde que inicia la lectura; aspecto que es muy positivo y da mucha fuerza a las narraciones y a la novela. Cada capítulo trae una provocación distinta. A menudo, sorprende al lector con algún desafío mental, moral, o irrumpe con algún acontecimiento no esperado o que deja abierta la expectativa del lector. Una novela siempre aguda y polémica, que rescata con gran profundidad algunos tópicos universales de la filosofía y cuestionamientos que se exponen en un nivel de pensamiento continuo y nunca deja ver una propuesta emocional subjetiva débil; punto que le da mucha consistencia y solidez a los cimientos del contenido y a la firmeza de lo verosímil de la ambientación, de los personajes y de la historia misma.

Es posible ver en cada personaje una representación y perspectivas filosóficas y teológicas distintas y opuestas: el existencialismo ateo, los dogmas de la filosofía cristiana, el ascetismo, el misticismo, el racionalismo/ la materia, la inmanencia, por ejemplo. 

La constante provocación surte como una acción maquiavélica y sarcástica –muy bien pensada–, para punzar el pensamiento y sicología del lector, de forma que quede desnudo ante su doble moral; quizás como lo hace René Capoeira, uno de los personajes que funciona como “abogado del diablo” atizando el juego de provocaciones, y similar al juego en el que caemos los lectores en manos del mismo “diablo manipulador”. O sea, semejante a la función del escritor en el acto creador literario, que se materializa mediante el diálogo que establece el lector con los narradores o voces narrativas: “–Hypocrite lecteur, –mon semblable, –mon frère!” dice Marcus Cíclicus, uno de los personajes a quien Perfecta de Alba asocia con el Diablo. Frase que refuerza posteriormente el narrador y se sugiere en otras asociaciones similares que se pueden hacer durante la lectura.

Cabe aquí comparar la relación comunicativa de la literatura: autor- juego creador- mundo creado-provocación al lector (autor-lector compañero y cómplice manipulable, que, ante el juego de la escritura, se transforma). Así el resultado indiscutible en esta novela: mover el pensamiento, creencias y hacer evidente la doble moral del lector, cuando entra en duda ante la fe, la existencia de Dios, los dogmas, la Iglesia, las creencias, la inopia con la que viven algunos creyentes, los juegos subterráneos de corrupción en la Iglesia, el arte, los instintos humanos, y cuestionamientos esenciales filosóficos y teológicos, como la muerte, el amor, el odio, el deseo, el sexo/ la visión del erotismo, la pasión, los comportamientos humanos ante determinadas circunstancias, entre otros fundamentos marcados por la religiosidad; o bien, por la moral (y la doble moral).

Otro acierto narrativo es que, pese a la profundidad de las reflexiones filosóficas y el lenguaje erudito, la narración logra equilibrar la intensidad del lenguaje y de los acontecimientos, con otros recursos como la ironía, el humor fino, los puntos de provocación de interés para el lector, de tal forma, que la lectura se hace fluida, nunca pesada. Aún en algunos capítulos con más densidad en las reflexiones filosóficas, las narraciones logran puntos de equilibro que permiten hacer la lectura con interés y expectativa sobre “lo que vendrá luego”, deja ansias en el lector por saber los desenlaces y no provoca que la lectura se detenga, excepto para pensar en los desafíos de la reflexión que suscita la novela y que equilibra con los juegos irónicos, jocosos, un erotismo exquisito, entre otros recursos que emplea. 

La “buena” literatura –si se permite un rango de valoración– tiene condiciones que van más allá de la agilidad de contar o describir bien o bonito una historia: tiene que ver con la habilidad de construir un mundo ficticio, como si fuera real, con todos los recursos literarios y lingüísticos posibles para hacer creíble ese mundo; tan creíble, que no se vea la separación entre la ficción y la realidad; además, con un lenguaje que fluya sin esfuerzo para expresar y ambientar el mundo narrado con naturalidad e integración. En El fuego cuando te quema estas condiciones quedan más que superadas: todo está meticulosamente bien ordenado en la historia contada.

Ahora bien, el contenido irreverente y filoso de la novela se edifica como una construcción mayéutica, provocadora para que el lector, quien indiscutiblemente entrará en el juego reflexivo y tendrá la responsabilidad de cavilar frente las muchas dicotomías en las que entran los personajes con posiciones claras: la inteligencia/la fe, la visión materialista de la vida/el misticismo, el ateísmo/la creencia ciega cristiana; el odio y el amor; el amor carnal/el amor cristiano; las apariencias en el amor y el deseo real; la represión ante lo inalcanzable/ la intensidad de los actos; la aceptación/lo racional… Todas, sediciosas invitaciones para el pensamiento y los fundamentos morales o religiosos. Así como el místico padre Martín –personaje del libro– también nunca “dio respuestas que me evitaran el hacerme las preguntas”.

El abordaje de un texto como este rompe los esquemas: la liviandad de abordajes literarios aprendidos comúnmente, quizás no permitan a cualquier lector llegar a disfrutar un texto tan profundo y bien elaborado…
¡Lector hipócrita!, si usted se considera un gran lector, pero aún no distingue la realidad de la ficción y no sabe que al leer un libro está condenado a ser plenamente manipulado por la narración y los juegos diabólicos de un escritor, entonces no se juegue la inocencia de sus esquemas leyendo este libro, pues podría quedar desnudo ante su liviandad lectora… O, si usted tambalea con sus creencias, o reprime sus deseos por esperar la felicidad incierta, o la del más allá; quizás, este no sea un libro aconsejable para usted, pues no podrá apaciguar su consciencia. O bien, si usted vive un eterno autoengaño con su vida y sus creencias, este libro le podrá provocar serias lesiones a sus siquis y a su doble moral. Sin embargo, ¡lector maduro!, si usted es de los lectores que viven con intensidad, hasta llegar a las últimas consecuencias, sin represiones y conscientes de sus instintos, su naturaleza dual y de las dicotomías del ser; entonces, este libro es para usted.

No me gusta totalizar mi opinión como la única verdad, ni imponer etiquetas, pues cada lector “es un mundo”, entonces, diré que, según mi criterio y percepción literaria –enfatizo: el mío–, este es uno de los libros más maduros y bien elaborados que he leído en la literatura costarricense actual. Si usted es un lector con prejuicios morales, religiosos o literarios, posiblemente su criterio dirá que este libro es uno de los peores libros que haya leído; quizás, ni pasará de leer un par de capítulos: criterio que yo asumiría con cierta risa sarcástica y hedonista, pues me verificaría que yo estoy en lo cierto: estamos ante uno de los libros  mejor logrados –literariamente– de nuestra escritura costarricense actual, que cumple cabalmente su propósito comunicativo en el juego literario del escritor, el mundo narrado y el lector. Así que, usted, hypocrite lecteur, sabrá si se arriesga a leerlo.

Igual si usted es un lector ingenuo –literariamente hablando–, posiblemente sentirá el último capítulo débil o simple en comparación con el resto de capítulos; sin embargo, ahí están las explicaciones esenciales. Lector hipócrita, lo invito a jugar el juego diabólico de la literatura: déjese perder el control de su racionalidad y entre en la ficción de la novela: ahí usted será una ficha del juego narrativo: adquiera el “hábito de intensificar lo inmediato, lo único que sí se deja penetrar. Ensayar cada día el gesto de saciar la sed no de lo trascendente (…) sino de lo inmanente: es lo que está en nuestras manos, lo que se deja aprehender de manera profunda si estamos dispuestos a sumergirnos en ello. Así se vuelve a la profundidad: renunciando a ella en el plano de lo imposible y tratando de asirla en el nivel adecuado”; por tanto, si usted es un lector intenso, está frente al libro indicado.



sábado, 30 de enero de 2016

Poemas para Pound delirante

Elaborado por Emilia Fallas

     Felizmente la Editorial de la UNED recién ha publicado el poemario El señor Pound, que fue merecedor del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013,  del poeta Juan Carlos Olivas.
 
     Este poemario es un hermoso e intenso homenaje a Ezra Pound,  quizás un maestro, de quién Olivas aprendiera muy bien la palabra con el mensaje directo, exacto, fuerte y conciso, pero sin perder el cuidado y belleza de la construcción poética. La poesía en olivas es un acto de culto a la palabra, finamente trabajada sin caer en melodramas sino en la esencia -incluso dura del discurso– vestida con la belleza poética. ¿Qué mejor forma de hacer un homenaje a Pound que mediante poesía hecha con esmero?
 
     Sin embargo, este poemario es un homenaje muy particular a Pound: no es un homenaje al poeta (escritor) sino a la desgarrada, pero, a la vez, bendita y maravillosa locura de Pound. Olivas, con imágenes poéticas exquisitas por el trabajo que denota, lleva a adentrarnos en el Pound delirante, el demente… El ser humano vulnerable.
 
     El libro presenta una voz que habla al poeta; “de poeta a poeta” con poemas llenos de sensibilidad por el ser humano consumido en su trastorno y en sus estados humanos más intensos: al Pound con su furia interna que da ”bofetadas a la tierra” hasta “deshilachar el césped igual que lo haría un búfalo”; el Pound que “solloza algo intangible”, quizás como es pensar y sentir desde el instinto y las profundidades humanas; el Pound capaz de convertir la palabra más dura en el más bello poema que nos llega a todos: la “piedra” que se convierte en “colibrí” y desciende en los otros. Muestra al Pound que distrae su delirio y su vacío con la mirada perdida en el techo de un frío cuarto de hospicio, con sus manos amarradas como su esencia: “Son veintitrés rayas paralelas / las que tiene el cielorraso de su cuarto/ Cielo –piensa–, es el cielo…”. Vemos al otro Pound: ya no el victorioso y aclamado, sino el hambriento y vacío, quien se asemeja a “los frescos de Miguel Ángel [que] cuentan otra historia / las fisuras cobran vida en los ojos de los locos / pues para ellos ha sido reservado el paraíso.
 
     Las palabras que un día fueron gloriosas y exquisitas terminan despedazadas en el mundo alucinante del Pound caído y “se van por el drenaje como un caballo alado. / Las formas  puras de las letras se difuminan / con el agua en círculos; / es un lúgubre ritual que ejecuta al menos cada mes /en un templo que mide dos por dos metros”.
Como ha sido característico en la escritura de Olivas, el poemario es un todo: una unidad cohesionada por un hilo temático coherente e hilvanado siempre. Es claro el objeto poético: es uno solo construido con diversidad de formas para comunicarlo: el delirio de Pound es el hilo presente en cada poema y que se enlazan lograr la totalidad unificada del poemario. Ninguno de los poemas se sale de este hilo conductor y, entonces, el libro en sí revela consistencia en su construcción clara y puntual.
 
            Este poemario se constituye en otro acierto más del poeta que tantas satisfacciones nos ha dado a los amantes de la poesía; esta vez, con un galardón tan merecido que pone en alto, fuera de las fronteras, el quehacer literario costarricense.

El cadáver que todos somos

    La vida y el devenir disponen un tránsito hacia lo inevitable. El individuo anda solitario, sorteando la incertidumbre de la existencia… Siempre en busca de respuestas y tratando de entender el porqué de la tristeza y la angustia. Él habla diariamente con la muerte que cada día pretende robarse a los vivos con sus giros de angustias y luchas. Morbosamente, esa muerte disfruta de ver la confrontación del ser con la agonía del desánimo, el dolor o la incertidumbre de saber si será posible que haya un nuevo momento; o a lo mejor, la zozobra del careo consigo mismo; o simplemente, de la nostalgia que corroe la existencia y nunca encontrará la libertad infinita. 

   Esta vez, el poeta Juan Carlos Olivas nos brinda un poemario ya no solo de un recorrido introspectivo —como han sido otros de sus poemarios anteriores– sino que en Los seres desterrados, el hablante levanta la mirada y observa de frente la caída inevitable de los demás, como un espejo de la expiración propia. 

   Aunque la soledad carcome al individuo como una especie de enfrentamiento con “muchas muertes diarias”, se hace evidente el individuo que observa a los muertos: “…ignora que el cadáver / que ahora flota en la corriente / y que tanto quiso ver, / no es ya el cadáver de su enemigo / sino él mismo. 

   El poemario Los seres desterrados nos recuerda que la muerte no es del individuo…” que no estás solo, / tenemos esta muerte colectiva /que nos une, /y la hermosa necedad / de ser eternos”. No importa quiénes sean o hayan sido, cada uno con sus sueños, logros, y frustraciones, caminarán con pretensión de sobrevivencia –hoy y para siempre– hacia la consumación. Así, en Los seres desterrados, la soledad del hablante –que se evidencia en los primeros poemas del libro–, abre una ventana para ver a los otros: a los que ya murieron o a los que, también, fueron construidos con el mito cercano a la muerte. 

    Todos sin redención, todos desterrados en su inevitable circunstancia. Frente a los otros y frente al individuo “solo” que los observa para enfrentarse a su propia muerte. 

   Ve cadáveres… Cadáveres que alguna vez no lo fueron… y, en la exaltación, continúan vivos. El poemario también recorre por esos momentos de muerte: Carver en formol; Pessoa reducido en manos de sus heterónimos, la muerte momentánea del hablante junto con Beatriz; o la entrega de la muerte frente al amor como María Antonieta. 

     Ellos y otros “muertos”: los del mito griego, los del estado onírico de los artistas, los que construyeron templos con su música o con su poesía: todos ellos juntos en lo inevitable… en la predestinación. Así, el poemario viaja por la muerte de varios personajes, escritores, músicos y artistas: todos comparten un mismo final con glorias y muertes distintas. En la tumba están sus sueños y preocupaciones. Para algunos un ascenso a la inmortalidad: Hendrix con su guitarra, Pessoa con su sombrero, Plath siempre poeta…Siempre mujer; Mercury, Chagal, Dalí…siempre inmortales... Siempre alucinantes. Todos reunidos en el espacio ineludible. 

     Con versos cadentes llenos de firmeza, en este poemario de Juan Carlos Olivas, se hilan los significados uno con otro…Poema por poema, para armonizar el sentido completo del poemario —esta es una de las fortalezas ya recurrentes, notable en la poesía de este autor—. Da la sensación que el hablante construye el sentido, mientras pasea al lector de poema en poema para encontrar la significación: del poemario y de la existencia misma. 

   Versos con un lenguaje bien pensado, construcciones cohesionadas con los significados, cuidado y precisión lingüística y literaria son notables en la producción poética de Olivas, y no es la excepción este poemario: sin duda estamos ante un poeta con la madurez que solo mediante un trabajo persistente y dedicado podría surgir.

     Los seres desterrados —otro acierto poético de Olivas— con poemas hechos con solidez de forma y sentido, nos dice que todos estamos juntos en este destierro, donde nos detenemos para, luego, seguir el recorrido hacia allá: donde todos también estaremos.

Palabra de libélula

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