miércoles, 23 de octubre de 2013

La importancia del apego a la expresión cultural en los procesos de resistencia y autonomía política y social en América Latina

La importancia del apego a la expresión  cultural en los procesos de resistencia y autonomía política y social en América Latina
**Emilia Fallas


“A partir de las guerras de independencia, el tema
número uno del continente ha sido el de la
dependencia. Bien sea denunciándola o considerándola favorable…”
—Marta Traba—



América Latina ha tenido una tradición históricamente asociada con la pluralidad de culturas, pensamiento, formas de vida, diversidad de las tradiciones y cultura ancestral, entre otros aspectos que llevan a la heterogeneidad de pensamiento; así,  como diversas son las sociedades que la componen. De esta manera, las reflexiones culturales sobre de la autonomía e identidad habían  girado, por mucho tiempo, alrededor de la unificación del pensamiento a partir de concepciones y discusión de los temas nacionalistas versus las tendencias más liberales y abiertas a la adopción de una cultura externa  con matices de intereses de la burguesía.  Esto se da en todas las manifestaciones culturales y literarias; sin embargo, la resistencia a la unificación y a la dependencia también ha sido un frente notable en América Latina que, con distintas perspectivas, lo aborda.

¿Qué tanto la cultura ha tenido influencia en la misma naturaleza de las poblaciones para hacer cambios sociales y políticos en los países? ¿Ha habido influencia, de alguna manera, de la cultura en sus concepciones y prácticas de convivencia y  en la vida civil?
Responder esto lleva un proceso de investigación, pero es posible partir de ciertas reflexiones alrededor de las manifestaciones de la cultura, tanto en la producción artística y literaria. como en la cultura popular y los movimientos sociales y políticos que han surgido en Latinoamérica, especialmente en el Cono Sur, pero también en México, Guatemala y Nicaragua, por ejemplo.
Las relaciones de la cultura y la sociedad deben ser visualizadas con la magnitud que el concepto tiene. No solo con la producción artística —que también es relevante– sino, como un componente del sistema. Así, en la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales en México (1982), Najenson dice que la cultura es “el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales  y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social”. Comprende las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias” (Delgado y Camacho, 2010, p.25).  Los mismos autores mencionan, más adelante, el concepto de cultura autóctona y nacional; y hace referencia a un
conjunto muy heterogéneo de prácticas humanas de intercambios y comunicaciones múltiples, pero con un sentido de identidad históricamente cimentado, lo que permite diferenciaciones  con otros pueblos y naciones del entorno y señala, también,  lo que los grupos hegemónicos nacionales lograron imponerle a la totalidad, como el ideal de lo que les es propio y perenne, pero a su vez lo que logró permanecer a pesar de esa visión de grupo. (p. 25)

Ahora bien, dicen los mismos autores que “hablar del concepto de cultura implicaría más de doscientas definiciones”; sin embargo, interesa resaltar para estos efectos, el tema de la identidad desde la percepción histórica y otro  concepto asociado importante:  la cultura de resistencia. Es fundamental tenerlo en consideración cuando se reflexiona sobre la cultura latinoamericana, pues está relacionado con esa naturaleza resistente que ha surgido de la misma cultura histórica y ancestral de muchos pueblos, con diferentes manifestaciones.

Mely González dice que -parafraseo- el concepto de cultura de la resistencia no se encuentra claramente definido en los estudios de autores cubanos y latinoamericanos —refiriéndose particularmente a las manifestaciones–,  sino diluido en los análisis del problema de la identidad, la descolonización, la liberación, etcétera. Implícitamente, este problema ha sido trabajado por diferentes investigadores al adentrarse en el análisis de la llamada «teoría poscolonial». Tal es el caso de Peter Hulme, al utilizar esta teoría como término para describir un cuerpo de trabajo cuyo intento es romper con los supuestos colonialistas que han marcado muchos de los proyectos de crítica política y cultural lanzado desde Europa y Estados Unidos. Pero Hulme aprende y remodela estos proyectos con el interés de analizar y resistir las redes imperiales que controlan gran parte del mundo y, por ende, sus productos culturales.

Otras autoras, como Josefina Oliva de Coll y Domitila Chungara, enfocan el problema de la resistencia a partir del rechazo de las culturas indígenas a la conquista y la colonización. Hacen énfasis en las diversas formas que presenta este rechazo, asumiéndolo como prueba de que la población invadida no aceptó conscientemente la dominación de sus territorios.

Así, la conceptualización de la cultura y su relación con los asuntos de dependencia/independencia, identidades o desarraigo, universalización/mirada hacia lo local, es probablemente el  punto sustancial de la discusión e influencia, de alguna manera también, en la cultura “extendida” —o sea, no solo en el concepto de producción artística, sino en la conservación de la historia y lo ancestral— que sustenta el quehacer y dinámica de muchos pueblos, especialmente algunos con más arraigo como Ecuador, Bolivia, México, Colombia e, incluso, Brasil.  Todos países con una discusión, además, más fuerte en los temas de conservadurismo que, como dice Lechner,  busca defender el poder y orden contra el mercado y no con el mercado (s.f., p.226) y organizativamente vuelven los ojos a lo local (como Bolivia y Ecuador a los temas indígenas y cultura ancestral).
    Para reflexionar sobre los temas de autonomía/independencia que, por un lado, surgen de la idiosincrasia y cultura de los pueblos latinoamericanos, pero por otro, surgen con una mayor provocación en forma paralela con los replanteamientos de las democracias,  oposiciones a las ideas, reformas del mercado y discusiones alrededor del crecimiento, es necesario valorar dos escenarios: los procesos de producción artística y los procesos de vinculación política y modelos de desarrollo latinoamericano a partir de la tradición ancestral y cultura popular.

    El primer elemento de la producción artística latinoamericana ha estado muy vinculado con los procesos de discusión de las identidades, dependencia e independencia (históricamente) y, quizás con mayor fuerza, que en Europa y el Norte; a pesar de que ambos, forman parte directa, y se incluyen, en las discusiones culturales.

    Marta Traba apunta que esa discusión ha estado un siglo reconociendo, y con obstinación,  el problema de dependencia; con la clara confianza de los pensadores por “vencerla y superarla”, que va desde Martí hasta Carlos Fuentes, pero que “nunca se podrá aspirar a las formas modernas de la libertad” (2009, p.137).

   La misma autora hace un recuento de los procesos históricos vinculados con la producción artística y cómo de esa contienda entre la dependencia e independencia que se da en la producción cultural, que de alguna manera, desata y provoca con mayor fuerza la cultura de la resistencia en Latinoamérica. A continuación parafraseo y resumo ese panorama, porque considero muy vinculante con esa misma caracterización ideológica, política y cultural que nace del mismo pueblo como una forma ontológica y de práctica en la cultura popular también.

Menciona Traba que
el pasaje de la modernidad a la actualidad interpuso un nuevo y grave obstáculo, como fue el triunfo—dentro del capitalismo y también del socialismo— de los códigos privados, mientras se destruía paulatinamente la posibilidad de un código general. Tal situación, acorde con las nuevas sociedades altamente industrializadas en una u otra zona, no correspondía ni convenía a Latinoamérica, pero representó, no obstante, la única alternativa de trabajo: la cultura subdesarrollada no ha sabido formular hasta ahora una alternativa de los códigos privados.
El artista actual sigue siendo burgués y continúa expresando el mundo de la burguesía… los ofrecimientos han perdido atractivo para la burguesía desde el momento en que aparecieron competidores más tácticos, complacientes y dispuestos a facilitarle la ingestión de alimentos culturales más fáciles, así como todas las falsificaciones literarias y artísticas que constituyen la industria cultural. (2009, p.137)

    Así, ella señala a “Amdré Gunder Franck que analiza el subdesarrollo latinoamericano: comprobaríamos sin mucha dificultad que a mayor desarrollo, corresponde mayor dependencia y mimetismo artístico” (P.139)
De esta forma la autora plantea que ese vaivén entre la dependencia y la producción complaciente hace florecer la cultura de la resistencia, aunque sea en el “desierto”, en un campo cultural latinoamericano —desde la periferia—devastado por la dependencia y que ha marcado de modo irrevocable toda la producción creativa. Así, surgieron algunos artistas y escritores con las dinámicas progresistas de la modernización dóciles a las minorías gobernantes, mientras la producción artística iba perdiendo vitalidad creadora y degradación cultural.

Sin embargo, también surge una generación de  artistas y escritores  que corresponden a la cultura de la resistencia: rechazaron la modernización refleja como una forma de impostura, pero se sirvieron de los materiales lingüísticos modernos que se conocieron a través de ella. Sortearon asimismo la degradación cultural, pero exploraron a conciencia esta zona, considerándola una rica cantera de elementos aprovechables. Las mejores obras de las artes plásticas continentales funcionaron en este orden subversivo espontáneo, no programado por ningún grupo de poder.
Esta línea resistente explora por el lado de la relación con la cultura indígena en Perú y Ecuador; por el recorte crítico o romántico de la realidad en Colombia; en México, por el rechazo de una revolución frustrada y frustrante. La situación de América Latina se balcaniza, pero este fenómeno, lejos de ser una desgracia, permite la reevaluación de la región, por una parte, y por la otra el careo de la cultura de la resistencia con el mimetismo que viene a reemplazar la buena conducta epigonal de la generación precedente. De tales confrontaciones nace una conciencia más fundamentada del concepto de arte nacional y el descarte definitivo de indigenismos y nativismos. (p.141)

    Acontecimientos como la influencia norteamericana en los 60, la revolución cubana con un sentido aún más subversivo, por la maltrecha y subyacente cultura de la resistencia; en los 70 en Colombia se deciden por la provincia, el subdesarrollo, la temática local, el desprecio frontal por la universalidad, el rechazo de las modas, el orgullo de la identidad, entre otros acontecimientos en varios países como Guatemala, Puerto Rico generan un cultura en la producción artística más “imaginativa y crítica, con características de humo, desenfado, desconfianza y ferocidad” (p.142).

    De esta forma, a partir de los años setenta, la toma de posición política subyace en el proyecto global con una clara visión de independencia y las prácticas artísticas insisten la independencia y la identidad como un acto político en  América Latina,. La cultura de la resistencia se aproxima más a una visión crítica de los sistemas “lingüísticos y estructurales” y, menciona la Traba, que “la construcción de símbolos y metáforas, la tarea fáctica de elaboración del arte como lenguaje, están dados en las obras latinoamericanas”.
    Vista la cultura, ya no solo como producción artística, sino en sus dimensiones social, política y económica (como modelo y representación del pensamiento latinoamericano), es posible decir que entran en juego también  varios acontecimientos, conceptos, variables y discusiones en los pueblos latinoamericanos que influyen considerablemente: interiorizan y vinculan. Algunos de esos elementos culturales asociados con las bases populares, podríamos decir que se relacionan (aunque hay muchas variables más):
·        
      Los temas y prácticas orientados hacia la interculturalidad

  •          la construcción de la etnicidad
  •          regionalismo/ visión hacia la provincia o lo local
  •          identidad: debates por la autenticidad
  •          papel de las clases medias en la producción de la identidad nacional
  •          multilingüismo (rescate de lenguas indígenas)
  •          apego a lo territorial y a Pacha Mamma.

     Cada uno de esos temas requiere de una reflexión con un desarrollo extenso, que   no haré por ahora, pero que son ejes que ya son transversales en el planteamiento cultural que atraviesa también toda práctica polítca y filosófica en los países latinoamericanos. Asimismo, con una clara influencia de las ideas decoloniales que se fortalecen en el siglo XXI.


     No en vano, entonces, todas las discusiones antes mencionadas, se han consolidado como un componente fuerte en el pensamiento latinoamericano y, ya sea, con el apego u oposición a las prácticas de mercado.  Así, se constituyen en elementos culturales que han sido redefinidos y valorados fuertemente y extendidos a todos los grupos sociales latinoamericanos; un “repensar en los procesos políticos y modelos de desarrollo desde la perspectiva ya no hegemónica del mercado, sino de los principios filosóficos, apego a la tradición y necesidades de los pueblos.

     Es posible ver manifestaciones claras de ese posicionamiento cultural que ha repercutido incluso en los modelos políticos y estructurales, por ejemplo, en países como Ecuador y Bolivia. Ellos han dado consistencia a los valores o razones ontológicas a partir de lo ancestral, donde predomina el bienestar común sobre el individual y la madre naturaleza se constituye un sujeto más en la sociedad (una persona con derecho). Esta expresión cultural genera una visión fresca y diferente de ver los modelos de desarrollo. Rompe con el esquema capitalista de mercancías y establece un modelo solidario con el cual se casa un pueblo (que cree, además fielmente, en esos valores); hasta lograr un cambio incluso estructural como es la incorporación de esas razones “ontológicas” en la Constitución que redefine el presidente Correa en Ecuador.  Asimismo, es posible ver otra serie de ejemplos de discusiones y prácticas importantes latinoamericanas como el tema de la etnicidad y grupos raciales en Colombia, los replanteamientos en discusión de las políticas públicas  a partir de las poblaciones migrantes, la reforma educativa en Bolivia, desde la perspectiva territorial e indígena, la educación bilingüe en Perú, etc.  Todos son escenarios que ya han creado representaciones semióticas, con y desde  la cultura que se apega y vincula fuertemente hacia el fortalecimiento de esa resistencia a los modelos de mercado y, cada vez más, autónomos de una región que rescata su propia naturaleza y cultura.

     Este es un tema que dejo aquí, por ahora, pero que requiere de un estudio más profundo, pues Latinoamérica se ha convertido en un ejemplo importante de una “reconstrucción” del modelo de los Estados y de la región, desde y apoyado sustancialmente en las percepciones culturales; que aunque esté lidiando entre las fuerzas del mercado, ha tenido repercusiones notables de posicionamiento en diversas áreas y sectores en los países latinoamericanos, que nunca han estado desvinculados con la historia misma latinoamericana: historias de luchas sociales que, Francisco Zapata, claramente, también caracteriza en su ensayo.


4.   Bibliografía

Delgado, J. y. (2010). Diplomacia dultural, educación y derechos humanos. México: Secretaría de Relaciones Exteriores de México.
Fuller, N. (. ( 2003). Interculturalidad y política. Desafíos y posibilidades. (N. Fuller, Ed.) Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.
González, M. (enero-marzo de 2001). Cultura de la resistencia. Concepciones teóricas y metodológicas para su estudio. Islas, 43(127), 20-41. Obtenido de http://cenit.cult.cu/sites/revista_islas/pdf/127_03_Mely.pdf
Traba, M. (diciembre de 2009). La cultura de la resistencia. Revista de Estudios Sociales No. 34(34), 136-145.


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